Hermandad de las Santas ALODIA y NUNILÓN de Cornellá
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Historia

Origen y Martirio de las Santas

LLAMADA AL SUPREMO TESTIMONIO
("Santas Nunilo y Alodia" Tomás Moral, Osb. Monasterio de Leire, Obs. Yesa -Navarra - )

Dos jóvenes doncellas de noble abolengo

retablo_small Por los años 824-826 los Banu-Qasi andan merodeando la Barbotania y Huesca. Emparentados con la estirpe vascona de los Iñiguez y aliados políticos de los reyezuelos de Pamplona, ejercen más bien una política tolerante con los cristianos. No obstante, en su condición de islámicos, son fieles seguidores de la legislación judicial de Córdoba. Aunque no desarrollen, propiamente hablando, una política encarnizada en materia de religión, los incumplimientos e infidelidades a las leyes musulmanas son duramente sancionados. En esta coyuntura política aparecen en escena dos jóvenes doncellas llamadas al supremo testimonio por el amor de Cristo. Sus nombres son Nunilo y Alodia.

El padre de las Santas era un rico musulmán, su madre una piadosa cristiana. Poseían pingües posesiones en la región oscense. Siendo muy jóvenes, muere el padre de las Santas, y la madre, a pesar de que la ley mahometana se lo prohibía, educó a sus hijas en la fe cristiana. Unos años después, moría también esta buena mujer. Las jóvenes se fueron a vivir con un tío suyo mahometano que intentó persuadirlas, por todos los medios que tenía a su alcance, a que abandonaran la fe cristiana. Fue inútil; Nunilo y Alodia, sólidamente educadas por su madre, se mantienen siempre firmes y valientes. Su tío, temiendo comprometerse teniendo en casa a dos cristianas, y sin duda también con el deseo de hacerse propietario de los cuantiosos bienes de las jóvenes y para ganar el premio que se daba a los delatores, acusó a sus dos sobrinas ante el juez.

santas2_small Llamadas por el procónsul Jalaf, confesaron con toda decisión que eran cristianas y que estaban dispuestas a morir por Jesucristo. Al juez Jalaf le dieron lástima y compasión estas hermosas muchachitas jóvenes. Las mandó marchar.

Encargó por su cuenta a dos mujeres musulmanas que procurasen hacerles abjurar del cristianismo. Tiempo perdido

Llamadas a Huesca por Zimael, prepósito y vicario de la ciudad de Osca, acudieron las Santas con los pies descalzos, ensangrentados, para acostumbrar sus cuerpos al sufrimiento. Serenas
ante el tribunal, sostuvieron este interrogatorio:
- ¿Cómo os atrevéis a abandonar la creencia de vuestro padre? Aunque no me extraña, sois unas niñas y no os dais cuenta de lo que hacéis. Escuchad mi consejo, dejad vuestro error, volved a nuestra ley. Yo os prometo buscaros un esposo honrado y rico como os merecéis.
- Somos cristianas, gracias a nuestra madre, que nos enseñó esta religión. Ahora estamos dispuestas a morir por ella.
El pensó que este ímpetu juvenil cedería con el tiempo. Separó a las dos hermanas. Intentó convencerlas un día y otro con consejos, con promesas, con amenazas. Persuadía a cada una que su hermana ya se había convertido. Inútil.
Cuarenta días duró la prueba. Un nuevo interrogatorio. El juez comienza prometiendo con dulzura grandes premios.
- Todo eso que prometéis, si es cierto, no vale nada en comparación con nuestro esposo Jesucristo y de sus riquezas.
- Os haré matar si no obedecéis.
- Harás lo que quieras, estamos dispuestas a morir antes que negar a Jesucristo.
- Al menos, declarad ante dos o tres testigos que os acomodáis a la ley mahometana.
- Dinos, ¿hemos de morir algún día?
- Es forzoso.
- Entonces preferimos morir ahora por Jesucristo, para ir con el a la vida eterna, que vivir ahora y caer en la muerte del infierno.
Enfurecido Zimael ante la enorme constancia, exclama: ¡Estamos perdiendo el tiempo!... (luego, dirigiéndose al verdugo): ¡hiere, hiere!, ¡córtales la cabeza! por tres veces tiene que repetir Zimael la orden al verdugo.
Este duda. Entonces Nunilo, adelantándose, dice a la pequeña Alodia:
- Haz lo que me veas hacer a mí.
- No lo dudes, responde Alodia, vete segura, hermana; seguiré tu ejemplo.
Entonces Nunilo, recogiéndose el cabello, descubre su cuello y dice al verdugo:
- ¡Hiere con presteza!
Y recibe alegre el golpe del martirio. Al caer moribunda, sus pies quedan descubiertos. Alodia, pudorosa, se acerca y los cubre con rapidez. Después desata la cinta de sus cabellos y ata con ella el borde de su túnica, para que al caer no sufra ella su honestidad virginal.
Aún espera otra prueba a la niña.
Zimael se dirige al verdugo y le dice: ¡Detente! y luego pregunta a la valerosa Alodia:
- ¿Qué adelantas con morir cruelmente? Obedéceme y vivirás con toda clase de placeres.
- No te obedeceré. Anda, manda degollarme... Espera un poco hermana, ya voy, ya voy...
Sin esperar más, echa sus cabellos atrás y el verdugo corta su cuello con el cuchillo.
Era el jueves, 21 de octubre del año 851.

Abandonados sus cuerpos en el lugar del suplicio, los perros y las aves no se atrevieron a comerlos. Enterado Zimael que los cristianos pretendían coger los cadáveres de las jóvenes para darles sepultura, mandó sepultarlos en una sima, que ordenó se cubriera con piedras y tierra.

Así pagaban con la muerte las dos hermanas el delito de apostasía. Delito que no afectará tanto a su condición de cristianas - dado que cristianismo y mahometismo eran legales en el Al-Andalus - sino de haberse apartado de la religión islámica a la que pertenecían desde su mismo nacimiento, ya que, según el derecho islámico, los hijos de matrimonios mixtos debían profesar el Islam. El martirio se produce, pues, en un clima que no es precisamente el de persecución a los cristianos. La pasión oscense es un exponente claro del esfuerzo que realizan los jueces por volver a Nunilo y Alodia a la religión del padre.

La noticia de las heroicas muchachas se divulgó pronto por todos los confines de la Península. Llegó a la diócesis de Alcalá donde Venerio, el obispo complutense, gran amigo de San Eulogio, contó el martirio al peregrino cordobés, en una expedición de éste a Alcalá o el encuentro de ambos en el concilio de 852. Eulogio se propuso escribir el martirio de estas hepáticas doncellas para edificación de la iglesia andaluza. Navarra pudo conocerla a través de los mercaderes que iban y venían de las tierras de Huesca. Y no dejó de impresionar a todos, de modo particular a la reina, que no dejará piedra por mover para traer los cuerpos de las jóvenes mártires a su reino. El nombre de la reina Oñeca irá, como veremos, vinculado al culto y devoción de las mártires en Navarra.

Leyre acoge con veneración el depósito sagrado

santas1_small Mucho antes, siglos antes de que Sancho el Mayor proclamara a Leyre el monasterio más antiguo y más entrañable de todo mi reino, el cenobio navarro, fundado tal vez en las postrimerías del siglo VII, figuraba ya como el gran centro cultural y espiritual navarro. Cuando en el otoño del año 848 lo visite San Eulogio, hallará un largo centenar de monjes, "hombres temerosos de Dios", dechados de virtud; un activo escritorio y una riquísima biblioteca en la que no faltan ninguno de los autores clásicos tanto latinos como griegos y hasta una biografía de Mahoma, salpicada en sus comentarios de diatribas contra el falso profeta, que el santo cordobés se lleva a su tierra." Esta atalaya, que se asoma al Aragón, fronteriza entre los dos reinos, quiso escoger la reina como la morada de los sagrados cuerpos de las mártires Nunilo y Alodia.

La empresa del traslado no era fácil. Por ello la reina solicitó la plegaria de los monjes legerenses. Ella misma ora con fervor al Señor. Un día se presenta en el monasterio un vecino de un pueblecito del entorno. Cuenta que de noche ha oído una voz que le decía: "Auriato, vete pronto a la ciudad de Huesca donde hallarás los cuerpos de las mártires Nunilo y Alodia escondidos en una fosa profunda. Los monjes informan al abad Fortún del mensaje. El abad legerense toma cartas en el asunto y de acuerdo con la reina se traza un programa. Auriato iría a Huesca disfrazado de mercader. No tarda en ponerse en camino del pequeño reino musulmán. Pasando por no pequeños riesgos y dificultades, la luz de lo alto le lleva un día hasta el lugar donde yacían frescos e incorruptos los cuerpos de las santas. Lleno de alborozo, sin dilación alguna, dejando sin cobrar el precio de sus ventas, carga los cuerpos en su caballería y huye a tierras de cristianos. La Providencia hace que pase la frontera sin dificultad y ya desde aquí envía un emisario a la reina, continuando él el camino ya sin prisas. Los pueblos por donde pasan veneran con singular piedad y devoción el sagrado tesoro.

Mientras, en Leyre se organiza una gran solemnidad para el día en que tenga lugar el recibimiento. Van concentrándose en el monasterio. A la cabeza, el obispo de Pamplona, Wilesindo y los reyes con sus cortesanos. Se esperaba con impaciencia la llegada de Auriato. Por fin, un 18 de abril del 860, aparece detrás de los montes el protagonista del hallazgo y traslado. Las autoridades y de modo particular la numerosa comunidad de monjes acoge con veneración los sagrados restos.

reta2_small Hay todo un despliegue de cere-monial en este recibimiento que va a marcar un hito importante en los anales del monasterio." Los monjes prepararon unos sar-cófagos los más dignos posibles de tan preciado tesoro. Hasta que un día llegue la arqueta morisca, donde quedarán deposita-das la mayor parte de las sagradas reliquias hasta los funestos días de la exclaustración del siglo pasado que priva a los monjes legerenses de su mayor tesoro. Un tesoro del que aún esperan el retorno.